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Opinión | 11:30am | | Yliana Brett

Somos una sociedad que trata exponencialmente de ser espiritual y de amoldarnos al accionar correcto. Pero el humanismo parece petrificado en el bolsillo, cuando se sale al mercado a adquirir los productos. La inflación, cual arma letal, sale disparada diariamente, sin visillos de lograrse un muro de contención.

Más allá de insuflarme de trovador empedernido, me amoldo a la frase de ese insigne poeta, Federico García Lorca, cuando en su romance esgrimía su comparativa amorosa sobre los sentimientos y un color: “Verde que te quiero verde”. Me ajusticio en contar en este momento con una contagiosa debilidad por esa pictórica inspiración; ahora señalo a la tonalidad y gama del verde como mi nueva predilección.

No, no son inclinaciones ambientalistas, ni soporíferos disgustos por una fuerza armada desarticulada y con un accionar hacia otros ámbitos. Tampoco hablo de toldas políticas o de las paredes mohosas de baños públicos. Este verde viene de otras latitudes y, pese a dominar todos los ámbitos económicos de Venezuela, se ha vuelto inalcanzable.

Sí, me refiero a esta sarta de presidentes norteamericanos enmarcados en un valioso rectángulo de papel, que su consecución tiene de cabeza a medio planeta. El dólar toma los predios del país como dominador hegemónico, pero alejado de la población. Triste es ver que a la representación monetaria de nuestro ilustre Libertador, lo han vilipendiado en el ámbito fiscal y de intercambio, burlado en la frontera por el peso y con un debilitamiento causante de fenómenos como el bachaqueo y el contrabando.

¿Se puede hablar de una Venezuela dolarizada? Estaríamos como el perro de Ricky Ricón, que tiene el dólar sólo de nombre. Nuestras desoladas carteras carecen de él, pero los precios de los inmuebles, vehículos y hasta artículos de primera necesidad tienen el rótulo enmarcado en dorado y, en este caso, en el valioso verde gringo.

Ahora los más eruditos economistas, con estimaciones financieras en mano y con el rostro subido de un tono verde enfermizo, espetan cifras según sus previsiones y reflexivas macroeconómicas, augurando para 2015 un cierre inflacionario entre 150 y 200 por ciento, llevando a nuestra nación a ser la cabeza y contar con el liderazgo supremo del país con mayor inflación del mundo.

Pero ante tan nefasto y dantesco escenario, entonado con una moralidad en escombros y una sinfonía de las angustias, apelo a una verde esperanza para luchar por una patria nueva.

La tarea es sortear vericuetos y profundizar en la convicción que desmarañar tal situación depende de la unión nacional, pese a que el dólar esté en los bolsillos de unos pocos y haya escalado desmesuradamente en el mercado negro –que también debería ser verde– , hasta el punto de incrementarse en casi 2.000 por ciento en poco más de dos años.

En nuestras manos está el abolir la política del billete norteamericano o, por lo menos, domesticarlo hacia una economía saludable. Mientras nuestro poder adquisitivo sea el peor de toda América, sólo nos quedará ver como en vitrina, a estos dolaritos cabalgando como saeta, perdiéndose en el horizonte con el llanero solitario.

 

 

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