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Opinión | 10:17am | | Yliana Brett

Qué podía justificar la estrategia oficial de concentrar la distribución de productos esenciales en un pequeño grupo de establecimientos públicos, que no tienen la capacidad para atender la ‘gentamentazón’ que tendría que pararse frente a ellos para comprar alimentos esenciales? Lo más probable es que haya múltiples razones, que incluyen el populismo político y la corrupción.

Pero si tuviera que apostar, diría que el motivador principal es que los controladores suelen creer que los problemas se deben a que no están controlando bien.

La solución para ellos está en profundizar el control, sin darse cuenta de que es precisamente ese control extremo la causa de la crisis.

Como planteaba Ludwig Von Mises, los gobiernos intervencionistas comienzan con controles que desequilibran la economía y entonces profundizan para tapar el desequilibrio causado por el control anterior y luego deben controlar más para tapar las nuevas distorsiones de su último control y luego más y más controles, hasta que el sistema colapsa.

El Gobierno ha basado su modelo de desarrollo en una catajarra de controles que la historia ha demostrado negativos en todo el mundo.

Podemos conseguir miles de libros en los que sus fans explican porque sus intentos pasados fallaron.

Vamos a leer sobre oligarquías, imperios, mala gerencia y corrupción.

Incluso algunos culparán al mismo pueblo, a la religión y a los extraterrestres.

Lo que no conseguiremos jamás es un libro que explique como el control extremo funcionó.

Y entonces, una parte del Gobierno pensó que la vía para evitar la especulación en las bodeguitas de barrio y en los abastos, que ellos no pueden controlar, era que los canales públicos, de los que hay apenas uno por cada 15 privados, reciban y distribuyan prioritariamente los productos a nivel nacional.

Afortunadamente, los grupos pragmáticos dentro del ejecutivo se dieron cuenta que pasar de una autopista de cinco canales, a poner a la gente a comprar en el hombrillo generaría una cola brutal; descubrieron que esa concentración de distribución sólo favorece al bachaquero, que en definitiva tiene como trabajo hacer esa colota descomunal.

Se enfrentaron a la realidad de que dejar a ciento trece mil establecimientos sin mercancías significa también dejar a esas comerciantes sin recursos y a sus empleados y a los camioneros que les despachan sin empleos y a sus clientes con la necesidad de comprar al bachaquero o desplazarse lejos de su hogar para comprar.

Por ahora, la racionalidad prevaleció y la decisión absurda fue revertida, cosa que celebro y estimulo.

Pero el problema del modelo intervencionista no está resuelto aún.

Seguiremos viendo en campaña la búsqueda de culpables imaginarios.

No mueren con esto los riesgos de expropiación e intervención para agrandar la cadena de distribución pública, contaminando lo que tanto ha costado crear durante años de distribución capilar.

Después de todo, al lado de quienes ideológicamente creen, equivocada pero sinceramente, que el control es la mejor vía, están los que viven de las distorsiones que crean sus colegas comeflor y les permiten la magia de convertir 10 mil dólares de ellos, vendidos en el negro a tasa de página web, en un millón de dólares a 6,30 que algún amigo les pueda dar para “resolver” la crisis de abastecimiento que su modelo de control generó.

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