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Opinión | 7:07pm | | Ana Paredes

Mi mayor motivación cada mañana, al levantarme, es trabajar duro para crear futuros bellos para mis hijos y todos los niños venezolanos. Cada jornada implica un nuevo Día del Niño lleno de luces y cielos repletos de buenísimos sueños, que paso a paso vamos cumpliendo revolucionariamente.

Para nosotros, los bolivarianos humanistas, el siempre esperado tercer domingo de julio es un acontecimiento que excede la mera acción de comprar un regalito. Es una concepción de vida integral en donde los únicos privilegiados son los niños.

Seguiremos garantizando que todos puedan ejercer plenamente sus derechos a la educación, a la recreación y esparcimiento, a la salud y a la identidad, entre otros fundamentales, por lo que combatimos el trabajo, el abuso y el maltrato infantil que impiden el goce de dichas garantías.

Desde el SAREN y el SAIME generamos acciones directas de beneficios simplificando trámites, habilitándoseles su constitucional derecho a viajar seguros y a tener su Cédula de Identidad, aun en domingos y feriados. No es sacrificio, es responsabilidad social de miles de compañeros que a lo largo de la República cumplen esta faena con enorme felicidad.

Paralelamente combatimos la explotación de muchos niños y adolescentes por parte del capital salvaje que usa al trabajo infantil como la mano de obra barata para que unos pocos vivillos desalmados puedan ganar más.

Somos los padres los que tenemos la primera responsabilidad de inculcar los valores de respeto y amor; la cultura de la educación para tener mayores posibilidades en el futuro. La vida honesta y la solidaridad practicadas más que declamadas. Los hijos nos miran y rápidamente aprenden a distinguir entre el discurso vacío y el del que predica con el ejemplo.

El Estado, la familia y la sociedad son corresponsables de la protección de niños, niñas y adolescentes. Que nadie mire para el costado desentendiéndose de esta acción. Esa indiferencia hay que cambiarla por determinación social y respeto elevado hacia los que necesitan y son el futuro de la patria.

Mirémonos en los ojos de nuestros hijos y démosles una mano a aquellas criaturas que están necesitando muchas cosas. ¡Hay que ponerle corazón amigos! Siéntanse útiles y dignos de sus niños. Ellos lo merecen todo.

Cierro con un sabio canto popular: “Que canten los niños, que alcen la voz, que hagan al mundo escuchar; que unan sus voces y lleguen al sol; en ellos está la verdad”. ¡Viva la Venezuela de los niños felices!

Un gran abrazo

DANTE RIVAS

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