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Opinión | 11:54am | | Ana Paredes

En Venezuela se creyó por siglos que cuando el Estado venezolano dispusiera de fuerza financiera las necesidades del país se resolverían. El problema, se pensaba, era que los gobiernos carecían de dinero y no podían atender las demandas del común.

 
Esa idea llevó en las últimas tres décadas del siglo XIX a endeudamientos y negociados que significaron una gravosa carga para nuestra economía y conflictos políticos tanto internos como externos.
 
La tesis se fortaleció en tiempos de Juan Vicente Gómez, cuando los nuevos ingresos petroleros y las reformas que de la hacienda pública hiciera Román Cárdenas dieron al Estado cierta capacidad de respuesta y se cancelara la pesada deuda externa del país.
 
Las reformas tributarias y la nacionalización de la industria petrolera se convirtieron en planteamientos atractivos para académicos, políticos y factores sindicales y gremiales que veían en esas medidas condiciones para fortalecer las finanzas públicas y, en consecuencia, satisfacer muchas necesidades nacionales.
 
En algunos períodos de alza en el precio del barril petrolero se lograron grandes avances en infraestructura vial, embalses, puertos y aeropuertos, en planta física educativa y en construcción de hospitales, como también en notable mejoramiento en la contratación colectiva de trabajadores manuales e intelectuales.
 
Superficialmente se creía que eran los tiempos de altos ingresos los causantes de progreso y bienestar.Sin embargo, estos últimos dieciocho años le han abierto los ojos a millones de personas que no se explican cómo con los más grandes ingresos públicos de todos los tiempos, tanto en materia petrolera como en impuestos sobre la renta, al valor agregado y otras tasas, el país se encuentra en ruinas.
 
Guri deteriorado, las plantas termoeléctricas paralizadas y el país sin energía eléctrica. Carreteras y autopistas abandonadas, al igual que hospitales con quirófanos cerrados y servicios clausurados. La deuda externa supera los 210.000 millones de dólares. 
 
En fin, la cosa no era tener dinero sino paz social y política, un programa nacional dirigido a las prioridades, funcionarios competentes y mantener a raya a la corrupción. De todo eso se carece hoy, al igual que de medicinas y alimentos.

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