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Nadie me asume como mujer

 
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Miércoles 8 Septiembre 2010 02:00

VICTOR BARRANCO.- Hurga en su piel…y mira las cicatrices que dan cuenta de sus muchas madrugadas haciendo de la calle nido y angustia. Remueve los sueños y se tropieza con el mismo grito ahogado de muchos años. Imagina el amor…y hay lodo encharcando sus hojas de ruta. Hace muchos años se descubrió distinto a lo que sentía que era. Por eso cuando busca alguna señal en el espacio de su luz, siente que más se confunde. Ejerce, contra natura dicen algunos, el más conocido, censurado, socorrido y antiguo oficio del mundo. Deambula por las calles, buscando el sustento que -a cambio de su cuerpo- le permite una vida holgada. No se siente hombre. Pero no se opera porque sus clientes lo prefieren completo. En su ‘negocio’ debe ser activo-pasivo casi siempre. Siente que antes, cuando estuvo en la 19 y ahora que ejerce en la avenida Lara, el encanto es ser travesti y no transexual. A tal punto, que si uno saca la cuenta, dice, son más los travesti que las mujeres ejerciendo la profesión…además, asegura, los que tienen más clientes. Por ello, cuando mira atrás, cuando pretende devolverse de la vida que le ha tocado en suerte, siempre encuentra una vieja alcantarilla por donde rueden sus buenos deseos. La vieja pasión que carcome su vida y no le da descanso. La misma mano cavando su fosa...en la que cotidianamente va a ser enterrado demasiadas veces. Se refugia en la noche. Donde le acompaña sólo el murmullo del quejoso viento. El lado oscuro de sus clientes, que aflora en medio de alguna cama alquilada por horas pero que les da la satisfacción que la propia les niega. Ese que muchos tienen, pero que siempre temen que alguien les descubra. El secreto de las impúdicas fantasías. La doble moral. Aunque sabe donde duele, muchas veces no puede evitar el sentirse lastimado después que el cliente se marcha. Se ha enamorado. Se han enamorado de él, o de ella, como quiere ser visto y como muchos lo ven cuando lo contratan. Pero nada por mucho tiempo. Está condenado, o condenada, a los amores telegráficos. De esquelas cortas. De pocas palabras y casi ninguna explicación. De ser receptor de los secretos ajenos, pero de sólo alquilar los propios para buscar en algún huésped amable, la calidez del afecto correspondido aún en medio de la vil prestación de un servicio. Hurga debajo de piel y hay una sensación de vidrios rotos que punzan sin pausa más allá del placer de la carne. Del revoltijo de pasiones. De las indefiniciones que crean sus angustias, pero alimentan el morbo de sus acompañantes. No se siente masculino. Tampoco una mujer atrapada en el cuerpo de un hombre. Se siente femenina a tiempo completo. Dama afectiva, llena de testosteronas. Operada, mantiene un cuerpo que ya quisieran algunas mises, presume. Las hormonas y el bisturí, con el dinero aportado por el comercio de su ambigüedad sexual, le ha permitido ir moldeándolo con el detalle del artista. Pero no se ha operado, ni se va a operar, el sexo. Sigue siendo una mujer, aunque con genitales de hombre…pero sólo, por complacer a sus clientes! -Muy joven, de buen vestir, extrovertida, si no dice que no es mujer cuesta advertirlo….distinta a los estereotipos que sobre personas de su condición uno se ha creado, me visita después de algún correo y varias llamadas telefónicas a mi secretaria. -¿Cómo está licenciado? Disculpe por las veces que me han citado y no he venido, pero no es fácil hablar sobre lo que uno es, o quiere ser…sobre todo, cuando esa condición es censurada agriamente por la sociedad. Cuando son muy pocos quienes la entienden, y que cuando lo hacen no dejan de mostrar alguna curiosidad perversa o crítica malsana oculta. Pero también porque uno asume lo que es en algún momento, y simplemente lo vive. Aunque pocas, muy pocas veces se enfrenta a una persona como usted para conversar y ser radiografiado sobre lo que uno es, en el nivel más racional del ser. Además, para ser mostrado y confrontado por la inmensa legión de sus lectores. Claro, y por eso estoy acá, con el respeto con que usted trata a sus entrevistados y con la lección de vida que ofrece cada vez que recibe a alguien para dialogar sobre su particular historia. - Cuéntame, le pido… -Nací varón, pero desde que tuve uso de razón me sentí mujer. Mi fuerza, mis ademanes y mi actitud, eran de niña. Fui siempre muy hembra y muy linda, afirma al recordar su vida en esos días. Si usted ve mis fotos de pequeña, jamás pensaría que era varón. Me narra su vida a través de una serie de episodios en donde es la niña diferente, la adolescente incomprendida, la heroína en peligro, la mujer guerrera que vence duros retos, la bella pícara que seduce a todos con su carisma e incomparable belleza, en fin una historia capaz de justificar lo que desea ser. . Cuando tenía 12 años, me dice, me harté del maltrato que me daba mi padre, entonces huí a Barquisimeto desde Chivacoa. Luego de verme en peligro a manos de un explotador sexual, pude escapar y devolverme para mi natal Yaracuy, donde mi padre me recibió indiferente y me siguió coaccionando severamente para que siguiera su ejemplo y “fuera un macho”. Pero tan hembra me sentía, que ya me gustaban el maquillaje y los accesorios femeninos. Y quizás por el influjo de la mente y el deseo, sentía que mis curvas se iban acentuando. No podía ver a los hombres porque se me erizaba la piel. Yo ya sabía lo que quería y cómo lo quería. Ahí comencé mis primeros pasos de travesti, pero debió pasar mucho tiempo antes de que pudiera definitivamente asumirlo a tiempo completo y en público. -¿Cómo fue ese proceso de asumirte mujer, cuando en realidad eras hombre? -En esa época en mi imaginación, en mi fantasía, en mi deseo, me llamaba Daniela. El nombre con que me identificaba dentro del mundo interior que edifiqué, por encima de la tragedia de ser diferente. Así, todo lo que tenía que vivir como mujer me fue llegando. Aunque sufrí cada etapa que pasé. Cada paso que di. Cada centímetro que avancé. El primer baile como “niña”, los aplausos en la presentación de danzas y hasta el primer novio, un compañerito del colegio, al que no pude seguir asistiendo por la cruel terquedad de mi padre, quien se negó a seguir apoyando a un “maricón”. - ¿Qué hiciste entonces? -Con la pueblerina mentalidad de la sociedad donde vivía en mi contra, decidí venirme a Barquisimeto a vivir en la casa de unas tías. Allí conocí a un funcionario retirado, casado y padre de dos hijos, con quien sostuve un romance “muy puro”, porque éramos como noviecitos de 15. En esa época era toda seriecita, recuerda. No trabajaba como Daniela, pero ya la llevaba dentro, asegura. Era, si puede decirse, un hombre muy femenino… de jeans muy ajustados y curvas muy pronunciadas, con un derriere de concurso, y unas lolas que comenzaban a crecer gracias a los tratamientos, que hicieron entrar en sospechas a las tías y a todo el mundo. Imagínese licenciado, el cuerpo que tengo siempre lo he tenido. Me he cuidado mucho… refiriéndose a su silueta, a simple vista femenina, a la que hay que detallar minuciosamente si se quiere encontrar algún rastro de su original armazón masculina… -¿Cómo te llamabas en tu vida de varón? -Créame licenciado no quiero recordar mi nombre masculino porque la que sobrevivió fue Daniela, la que cumplió el sueño de ser “ella”, un triunfo que celebro a cada instante.

Tags Zona Libre Actualidad Censura Sexo transexual

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