Edición del día MiĆ©rcoles
8 de febrero de 2012
01:45 en Barquisimeto
No es la primera vez que al referirme al poeta Argenis Daza Guevara, lo haga también sobre Andrés Eloy Blanco. Es como si el hálito del padre de los siglos me implorara en mis recuerdos no arrinconar la memoria de estos dos hijos de la patria, paradigmas y orgullos de las letras venezolanas. El primero cual gigante con voz de giraluna, evoca entre la infinitud de sus luces su canto a los hijos, ‘Píntame angelitos negros’ y ‘A un año de tu luz’; y el segundo, El liliputiense imaginario juega a las espadas ebrias, cual trisca de reyes y actos de magia. El primero como monarca de la poesía popular, relata sus hazañas devenidas en un barco de piedra por años navegando en los mares del romanticismo al modernismo y de éste al vanguardismo, como si pretendiera conquistar las tierras que me oyeron. El segundo, más que a la irrealidad le canta a lo abstracto, a lo existencial, haciendo coro con Boudelaire, Mallarmé y Rimbaud. Ante tal escenario, en el parnaso ríen estos dos poetas de ayer, hoy y siempre. Andrés Eloy con su discanto de que “el poema fallece en el cuidado de un ruiseñor dormido; y Argenis Daza, evocando que “el poema es como una bocanada besando la aurora”. Uno con su sonrisa lírica, el otro con su sonrisa sardónica y existencialista. No conocí personalmente a Andrés Eloy, tenía yo apenas 17 años de edad cuando ocurrió su muerte en México, el 21 de mayo de 1955, pero gracias a mi ilustrísimo profesor Jiménez Marrón, destacado docente de Castellano y Literatura de la Normal Experimental Gervasio Rubio pude percibir toda la grandeza poética de este bardo sin parangón. Conocí al Argenis de ayer en la indefinición del tiempo y en un espacio sin límite, creo haberlo conocido siempre, mi existencia fue su existencia, su infancia mi infancia y sus amigos mis amigos, ambos nacimos en Tumeremo, un pueblo sembrado en pleno corazón de Guayana, construido sobre terroncitos de oro. Su causa revolucionaria fue mi causa, por cuya razón compartimos dos veces las oscuras cárceles de la IV República. Argenis, como el Caballero de la Triste Figura, con una apariencia de mordacidad e irreverencia, fue un poeta con aproximación al existencialismo, jamás le interesó el poder ni las riquezas. Fue un marxista-leninista por convicción. El conocimiento útil fue su medio y su fin; y como Rubén Darío y tantos bardos anónimos, su ingenio duerme entre la dipsomanía y la tragedia. Su imaginación, fantasía y lenguaje galimático lo acercaron a la inspiración surrealista y a visión eidética sobre la pureza del lenguaje. Argenis fue sin duda un investigador social, protestatario y crítico del status quo de entonces.
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