Edición del día Martes
7 de febrero de 2012
07:37 en Barquisimeto
A temprana edad sentí que estaba en deuda con la vida, porque pude haber nacido en otro país, hijo de otros padres, esposo de otra mujer, padre de otros hijos, amigo de otras personas diferentes a las que han sido y son mis amigos. Por esa convicción dejé mi ejercicio profesional, para dedicarme al servicio público por más de treinta años ininterrumpidos, así como en actividades sociales, desde el sector privado, para un total de más de cuarenta y tres años acumulados hasta ahora. Mi vocación no ha sido la actividad política la cual respeto y me interesa por su importancia social, pero no constituye mi vocación, ni mi interés personal.
Mi vocación es el servicio a la comunidad, desde el sector privado o público. El interés por los asuntos públicos nació en mi cerca de los 14 años, a raíz de lo que se llamó la Revolución de Octubre, que desalojó de la presidencia de la República a Isaías Medina Angarita y después de un breve intervalo de años, se abrieron las puertas de las elecciones conduciendo a la presidencia de la República a Rómulo Gallegos, un ciudadano de reconocida conducta ética, quien fue desalojado de Miraflores por un golpe militar.
La presencia de Gallegos en la Presidencia fue para mí el acceso de la inteligencia en la conducción de los asuntos del Estado y del país en general, pero de la euforia civilista se pasó, en poco tiempo, a la barbarie militarista que duró una década.
Después del golpe militar que derrocó a Gallegos, estando yo en México con mis padres, un día domingo, mi padre leyó en un diario que el día anterior había muerto en esa ciudad Doña Teotiste Arocha de Gallegos, quien sería sepultada ese día en la mañana. De inmediato sentí la necesidad de hacerme presente en el sepelio. Mis padres me permitieron ir al cementerio. Al llegar vi a lo lejos un pequeño grupo de mujeres y algunos pocos hombres, todos de riguroso luto, caminé hasta el lugar, entré a una pequeña capilla, frente al altar estaba el ataúd y a un lado Rómulo Gallegos y Andrés Eloy Blanco, recibiendo los pésames. Fui el último en hacerme presente. Sentía la necesidad de estar allí, acompañar a aquellos dos hombres a quienes admiraba, uno por escritor y el otro por poeta. Ambos venezolanos en el exilio. Llegué hasta Gallegos y de pronto, sin premeditación alguna, le dije: “Maestro, estoy aquí representando a la juventud venezolana, que llora la muerte de Doña Teotiste de Gallegos y me uno al duelo que a usted le aflige, me miró a los ojos, las lágrimas corrieron por su rostro.
Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de las sanciones legales que correspondan. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar.